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El verano en el que nuestros hijos durmieron más. Editorial / Mariló Joya

Quién les iba a decir a los jóvenes de la llamada generación COVID, que ese virus con nombre de agente secreto, COVID-19, marcaría su ritmo de vida de una manera tan brutal. Pero no solo el día a día de las vidas de todos en pueblos y ciudades, sino hasta el de los veranos que tanto esperaban para desconectar de un confinamiento tedioso y eterno…

Cuando un señor de aspecto curioso, como el ‘científico loco’ de las películas, les anunció en una comparecencia televisiva que sí tendrían vacaciones, y que si bien viajar al extranjero iba a ser casi imposible, quedarse en su país disfrutando de sus costas, playas, campos y ríos estaba permitido, vieron el cielo abierto porque podrían reencontrarse con sus amigos de vacaciones e incluso con ese amor de verano que aparece y desaparece con el ir y venir de las olas.

Los niños y jóvenes que han tenido la desdicha de vivir la experiencia más sorprendente, triste, dolorosa y cruel que tan solo podían imaginar en los videojuegos más tenebrosos, han visto como hasta en verano, el COVID ha modificado sus visitas a la playa, sus tardes de terraza y chiringuito y sus noches de discoteca.

El coronavirus ha arrasado a una generación de mayores a los que la enfermedad les ha quitado la vida antes de tiempo, condenándoles a morir en hospitales, llenos de tubos, respiradores y sin un ser querido que les acaricie la mano en su último respiro.

El coronavirus ha vuelto a meter el miedo en el cuerpo a una generación de padres y madres, que si antes temían que sus hijos hicieran cosas peligrosas, ahora temen que el peligro les llegue tras un simple encuentro con los amigos tomando un café.

El coronavirus ha obligado a nuestros pequeños a jugar en el parque con una mascarilla puesta y con limitaciones a esos besos y abrazos tiernos e inocentes que tanto nos calman el alma.

El coronavirus ha transformado nuestras vidas, nos ha metido el miedo en el cuerpo, nos ha llenado de dudas, nos crea confusión y angustia, y nos obliga a mirar al futuro con el temor de que la vacuna no consiga sacarnos por completo de este infierno.

Y en los jóvenes, además de lanzarles a formar parte de unas cifras de paro jamás imaginadas y convertirles en el principal nexo de unión entre el virus y sus familias, el COVID-19 ha logrado lo que ningún padre podía imaginar, que, en pleno mes de agosto, sus hijos volvieran a casa poco después de la media noche para irse a dormir porque no tienen dónde ir.

Ahora nos toca esperar a la vacuna, y confiar que les devuelva a la normalidad real que nuestros hijos merecen.

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