Editorial/ Mariló Joya
Buen domingo tengan todos los andaluces.
Hoy se decide en las urnas si superar el reto, inimaginable hace apenas una década en Andalucía, de consolidar una derecha claramente en escalada, frente a la continuidad del deterioro mediático de la una izquierda más fragmentada que nunca.
Andalucía tiene hoy el reto de dar un paso adelante y decidir entre lo mejor para los andaluces.
Y es que estas elecciones autonómicas llegan con una sensación política muy distinta a la que dominó durante décadas la vida política y pública del socialismo andaluz.
En estos comicios, la gran incógnita no parece estar en quién puede gobernar, sino en si existe realmente una alternativa capaz de disputar la hegemonía construida en estos últimos años por el Partido Popular alrededor de la figura de Juanma Moreno.
La derecha andaluza llega a esta cita electoral en un momento de fortaleza institucional y política. El PP no solo gobierna con mayoría absoluta en Andalucía, sino que ha conseguido consolidar una imagen de estabilidad, moderación y gestión que ha penetrado incluso en sectores tradicionalmente alejados de la derecha. Juanma Moreno ha logrado desdibujar muchos prejuicios ideológicos y proyectar una forma de gobernar basada más en la serenidad institucional que en la confrontación permanente, en el resultado lento o la solución eficaz.
Esa es probablemente su mayor victoria política: haber convertido la alternancia en normalidad. Andalucía ya no vive el gobierno del PP como una excepción histórica, sino como una posibilidad plenamente asentada dentro del paisaje político autonómico.
Sin embargo, toda mayoría necesita revalidarse. Y el verdadero desafío del los populares no será únicamente ganar las elecciones, sino demostrar que su dominio político responde a una fidelidad consolidada del electorado y no al hundimiento de sus principales, y yo diría que únicos adversarios, el partido socialista.
Por los resultados electorales en la práctica totalidad de las comunidades, la izquierda atraviesa uno de los momentos más complejos y fragmentados de su historia reciente.
El PSOE ha afrontado la campaña con María Jesús Montero intentando reconstruir un espacio político que durante décadas fue casi hegemónico en Andalucía. La ministra afirma aportar peso político, experiencia y capacidad orgánica, pero también carga con el desgaste acumulado de un partido que ha perdido demasiada credibilidad y esa conexión emocional que le unía con la sociedad andaluza. Especialmente en aquellos territorios donde el socialismo dejó de ser una identidad cultural para convertirse simplemente en una opción política.
En muchos sectores socialistas existe además una sensación silenciosa pero evidente: estas elecciones pueden marcar un punto de inflexión histórico. No solo por el resultado, sino por el riesgo de que la percepción de declive termine instalándose de forma permanente en el imaginario político.
A la izquierda del PSOE, el panorama aparece todavía más disperso. Siglas repetidas que recuperan el mensaje y los proyectos andalucistas de otros tiempos, compartiendo espacios vinculados a la izquierda, movimientos territorialistas y un sentimiento andaluz claro y creíble, que tiene que competir con muchos por un electorado cada vez más reducido, que siente que aún es necesario defender a los andaluces con una voz propia.
Lo más 'gracioso", como decimos por estas tierras, es que son demasiados partidos los que comparten diagnósticos similares sobre programas 'calcados', que reclaman la necesidad de crear viviendas, la precariedad de las infraestructuras la sanidad, educación, servicios públicos o la desigualdad. Muchas voces compitiendo por un proyecto común, aunque ninguno parece haber encontrado todavía esa fórmula capaz de ejecutar esas auténticas necesidades de los andaluces y así conectar de nuevo y de manera amplia y confiada con la ciudadanía.
La consecuencia de todo esto nos lleva a la fragmentación de la izquierda que dificulta la construcción de un discurso sólido y reconocible, frente a una derecha que comparece unida, organizada y con un liderazgo fuerte basado en los mensajes de respeto y serenidad institucional.
Mientras, no olvidemos que a la derecha de la derecha, Vox intenta engordar su espacio político apelando al malestar social y al discurso sobre inmigración, inseguridad e identidad nacional. El partido de Abascal afronta esta nueva etapa con el mismo mensaje pero sin el efecto sorpresa que impulsó sus anteriores resultados. Además, atraviesa una división interna basada en la pérdida de un equipo que parecía sólido y con un líder andaluz prácticamente desconocido para buena parte del electorado.
Todo ello dibuja un escenario político singular: una derecha que quiere transmitir sensación de continuidad y una izquierda que sigue buscando recomponerse sin haber encontrado todavía a un relator que cambie el final de la historia.
Y quizá esa sea la verdadera clave de estas elecciones andaluzas. Más allá de los porcentajes y los escaños, lo que Andalucía parece decidir es si el nuevo ciclo político abierto hace unos años se consolida definitivamente o si todavía existe margen para que la izquierda reconstruya un proyecto capaz de volver a competir por el poder autonómico.
Porque hoy, más que nunca, y aunque el factor sorpresa siempre juega un papel de posibles variables que no conoceremos hasta la noche electoral, el contraste resulta evidente: Frente a una derecha que se presenta consolidada, una la izquierda que aparece muy fragmentada.
Aunque todo puede pasar.
Y recuerden, el voto por correo existe y puede dar sorpresas de última hora, téngalo en cuenta.















