26 años preguntándonos dónde está María Teresa
Editorial/ Mariló Joya
Cuando tienes una hija de 18 años y te dicen que, a pocos kilómetros de tu casa, ha desaparecido una chica de la misma edad, el miedo se apodera de ti. La primera reacción es casi instintiva: llamar a casa y comprobar que tu hija está bien.
Eso fue lo que me sucedió aquel 19 de agosto del año 2000.
Yo trabajaba entonces en la Televisión de Almuñécar. Recibimos una llamada avisándonos de que había desaparecido una joven de Motril, María Teresa Fernández, y que alguien de su familia acudiría a la televisión para hacer pública su búsqueda.
Fue su padre quien vino. Le entrevistamos y nos contó lo que sabía. Muy poco, porque apenas habían pasado unas horas desde que se perdió el rastro de su hija.
María Teresa había salido la tarde del 18 de agosto, en plenas fiestas de Motril. Había quedado con su novio para ir al ferial con unos amigos y asistir a un concierto de Café Quijano. Pero aquel encuentro nunca llegó a producirse.
Fue su hermana quien avisó a sus padres. Nadie sabía dónde estaba María Teresa. No había aparecido con su novio, tampoco con sus amigos. Sencillamente, había desaparecido.
Recuerdo que se habló de algunos testigos que aseguraban haberla visto subiendo a un autobús. Pero nunca se pudo confirmar que aquella joven fuera María Teresa.
Y entonces empezó una de esas historias que nadie querría protagonizar jamás.
Las fotografías de aquella joven comenzaron a aparecer por todas partes: en fachadas, árboles, farolas, establecimientos. Se organizaron rastreos y grupos de búsqueda. Familiares, amigos, vecinos y voluntarios recorrieron caminos, descampados y rincones de la Costa Tropical. Todos buscaban lo mismo: una pista.
Pero no apareció.
Pasaron los días. Después, los meses. Y luego los años.
Recuerdo también cómo, tiempo después, el nombre de Tony King apareció vinculado al caso. King, condenado por las muertes de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, llegó a implicar a su amigo Robert Graham en la desaparición de María Teresa. Una hipótesis que nunca pudo confirmarse.
Y mientras las teorías iban y venían, la familia seguía esperando.
Eso es, probablemente, lo más difícil de entender para quienes estamos fuera: que una desaparición no termina cuando dejan de aparecer noticias en los medios. Para una familia, no hay un "día después". No hay una fecha en la que el dolor se archive. No hay una respuesta que permita empezar a cerrar una herida.
Los que seguimos de cerca el caso vimos durante años el rostro de una madre que buscaba respuestas. Vimos la impotencia de un padre. La tristeza de una hermana. Y vimos también cómo María Teresa parecía convertirse en una ausencia permanente.
Durante aquellos años, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad trabajaron para encontrar alguna pista que permitiera tirar del hilo. Policía Nacional, Guardia Civil y Policía Local se entregaron a la búsqueda. Pero una investigación necesita algo más que voluntad: necesita indicios, pruebas, certezas.
Y esas certezas nunca llegaron. Llegaron, eso sí, demasiadas llamadas falsas. Personas que aseguraban saber dónde estaba. Médiums, adivinos y supuestos videntes que alimentaron durante años una esperanza que ya era demasiado dolorosa como para jugar con ella.
Entiendo que cuando una familia lleva años buscando a una hija, cualquier llamada puede convertirse durante unos minutos en una posibilidad. Y después, en otra decepción.
¿Se imaginan vivir así durante 26 años?
Yo prefiero no hacerlo.
Veintiséis años preguntándose dónde está una hija. Veintiséis años mirando una puerta y esperando que algún día pueda abrirse. Veintiséis años sin poder responder a la pregunta más sencilla y, al mismo tiempo, más terrible: ¿Qué le pasó a María Teresa?
El caso no está cerrado. Continúa instruyéndose en el Juzgado número 5 de Motril, pero ahora llega una noticia que, aunque prudente, permite recuperar algo que nunca debería perderse: la esperanza.
La Policía Nacional va a revisar el caso desde el principio, utilizando técnicas más avanzadas y equipos más amplios. Todo puede comenzar, otra vez, con una pista. Con un detalle que hace 26 años no pudo interpretarse. Con una tecnología que entonces no existía. Con algo que permita tirar, por fin, de ese hilo que lleva demasiado tiempo suelto.
Mientras tanto, este 18 de agosto, a las ocho de la tarde, su familia, amigos y vecinos volverán a reunirse junto al monolito instalado a los pies del Cerro de la Virgen en memoria de María Teresa y de las personas desaparecidas.
Y volveremos a recordarla, su imagen volverá a ser actualidad en los medios de comunicación y eso es muy importante.
Porque hay desapariciones que el tiempo no puede borrar. Personas que no pueden convertirse en una fotografía antigua guardada en un cajón. Familias que necesitan respuestas y una sociedad que tiene la obligación de seguir preguntando.
Teresa, su madre, continúa preguntándose dónde está su hija. Quiere recuperar a su niña.
Antonio, su padre, se aferra ahora a esta nueva oportunidad: "Van a revisar todo el caso desde el principio, como si hubiese pasado ahora".
Ojalá sea así. Ojalá 26 años después alguien encuentre esa pista que permita saber qué ocurrió aquella tarde de agosto.
Porque hay historias que no deberían terminar en un archivo.
Y esta, desde luego, no debería hacerlo.
Fue hace 26 años. Un 18 de agosto, en Motril. Lo recuerdo como si fuera hoy.
















